Crónica de la II Legua Navideña de Arganda por Aventuraspapirunner

Hay días que piensas: «creo que me he equivocado con esta carrera». Pues bien, ése era uno de esos en que te hubieras quedado tan ricamente en la cama. Parecía que los astros se habían conjurado para complicarlo todo: niña pachucha con décimas de fiebre, acostarme muy tarde, un talón que no se siente tan bien como a mí me gustaría y una mañana de tanta niebla que se podía cortar con un cuchillo.

A pesar de todo, haciendo un esfuerzo sobrehumano, en vísperas de Nochebuena, y para que mi hijo pudiera correr (aunque eso sea un cara o cruz, nunca se sabe de qué lado va a caer la moneda), ese domingo volví a levantarme a las 8 de la mañana y dirigir mis pasos, en este caso mi coche, a recoger ambos dorsales.

Como os comentaba anteriormente, la niebla matutina convertía el ambiente en frío y triste. Cuando recogí los números huí vilmente a refugiarme en el coche hasta que prácticamente fuera la hora de la salida, a las 10 a.m.

Esta vez había muy pocos corredores en relación a la carrera popular de mediados de noviembre. Pista de atletismo arriba y abajo, calentamientos y estiramientos a partes iguales, me sorprendí cuando al colocarme (según mi apreciación bastante adelantado) en el pelotón y girar la cabeza, curiosamente detrás mía solo habría dos o tres filas más. Guardamos respetuosamente un minuto de silencio en memoria de Laura Luelmo (ojalá que sea el último que hay que honrar por semejante motivo) y partimos como demonios en cuanto se disparó el pistoletazo de salida.

La carrera se iniciaba con una primera vuelta completa a la pista de atletismo, para salir a continuación por la calle Valdearganda, subirla y luego descenderla en su casi totalidad. En ello se ocupaban los dos primeros kilómetros con unos tiempos de 4:24 y 4:23

Luego nos incursionaríamos en el barrio de los Villares, donde nos enfrentaríamos con una primera calle ascendente (llamada, obviamente, Avenida de los Villares) y, tras girar unos 180 grados, descenderíamos por una paralela, la Avenida de la Vega. Ese tramo es particularmente tedioso, muy aburrido, sin público, zona de chalets. La única alegría es que al mirar el reloj mis tiempos seguían siendo buenos, mejor de lo esperado (4:45 y 4:32). De nuevo un giro, otro poquito de ascender por el Camino de los Santos y el plato fuerte: la ascensión por la Avenida de Alcalá de Henares, que ya la conocía de la anterior carrera.

Durante toda la prueba me habían acompañado una serie de corredores que nos adelantábamos de forma alternativa, así que la estrategia era simple: pegarme a ellos y echar el resto. Sabía que había que sufrir al principio para disfrutar después, además me estaba encontrando bien, tanto como para intentar exprimirme y acelerar los últimos metros.

Feliz, muy feliz, detenía el crono en 22:24, mucho mejor de lo pensado.

Agarré el Aquarius que ofrecía la organización (lo único, debe ser por la gratuidad de la carrera), charlé con mis compañeros sobre que era una carrera engañosa, nada fácil para hacer buena marca y regresé raudo y veloz al coche para cambiarme y retornar a casa a ver si Gonzalo se animaba finalmente, o no, a participar (además, estaba el asunto de mi hija y si nos veríamos obligados a ir a urgencias, es lo que tiene que haya sido prematura).

El panorama no era nada halagüeño, tan pronto decía que sí como que no, y éramos conscientes su madre y yo que el año pasado adelantaron la hora en el último momento. Finalmente accedió y, con el culo a dos manos, nos marchamos rápidamente al polideportivo. Fue todo un acierto porque, cuando llegamos, era tal el adelanto que si la salida del niño era a las 12, corrió a las 11.30. Lo que sí sucedió es que algunos padres se acercaron y se encontraron con la desagradable sorpresa que se le había pasado el turno a su hijo; un fallo bastante importante que la organización deberá subsanar en las próximas ediciones que se celebren.

Tal era el caos que al final mi hijo corrió con niños más mayores (eran seis y el mío el de menor edad) y una distancia considerable para su edad (400 metros; aluciné e incluso me asusté cuando entre ellos los organizadores se preguntaron si no iban a salir al exterior, fuera de la pista de atletismo), por lo que concluyó en última posición y con total agotamiento (su cara era todo un poema, se notaba el esfuerzo que tuvo que realizar para concluirla). Sin embargo,  su mérito fue enorme, mayor que el mío, y ojalá en breve realicemos más carreras juntos (no han disminuido sus ganas) porque su cara de felicidad, al terminar, no tiene precio.

Y, para que negarlo, la de su padre, tampoco.

¡¡FELIZ NAVIDAD A TOD@S!!

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