Crónica de la 3ª Ecotrail Madrid – 21K por José Luis Búrdalo

Llevo queriendo participar en esta prueba desde su primera edición, la salida a los pies del castillo de Manzanares El Real me parecía espectacular, pero siempre coincide el mismo fin de semana que El Derbi de las Aficiones, prueba en la que suelo marcar sub50 para estar en la primera oleada de la San Silvestre Vallecana… el caso es que en esta tercera ocasión no me lo pensé demasiado y, cuando vi que había medalla finisher, la decisión estaba tomada y además, correr al día siguiente los 10 kms entre el Santiago Bernabéu y el Vicente Calderón -iluso de mí- a ser posible, tratando de buscar ese sub 50 -muy iluso de mí-.

La prueba, que se encuadra en un calendario internacional de carreras con el mismo nombre, consta de varias modalidades, 80 kms (salida en Manzanares El Real y llegada al complejo Cuatro Torres de Madrid, con desnivel de 1.000 mts tanto de subida como de bajada), 52 kms (salida en Tres Cantos y llegada al complejo Cuatro Torres de Madrid, con desnivel de 600 mts tanto de subida como de bajada), 37 kms (salida en Tres Cantos y llegada en El Pardo, desnivel de 350 mts de subida y 450 mts de bajada) y 21 kms que se podían recorrer en tres subcategorías, trail, caminata y marcha nórdica (salida en Alcobendas y llegada en El Pardo, desnivel de 250 mts de subida (aunque mi gps dice otra cosa) y 300 mts de bajada).

Mi opción elegida eran 21 kms trail, con más miedo que vergüenza, nunca me había enfrentado a un medio maratón fuera del asfalto, lo más complejo fuera de asfalto han sido los 14 kms en La Rozas, en la Dehesa de Navalcarbón y los 14 kms del Trail de la luna en Meco con un desnivel de 90 mts en ambos sentidos.

Séptima media maratón del año (algo que también es un gran reto personal, nunca había hecho más de dos medias por año) y dadas las peculiaridades de la prueba, me encontraba terriblemente inquieto durante toda la semana, para colmo, una semana con lluvias y que amenazaba con prolongarse el fin de semana, de hecho, por correo electrónico se nos avisaba de la posibilidad de obligación de disponer de chubasquero para tomar la salida, además de un vaso de agua plegable que proporcionaba la organización. En distancias mayores, la lista de objetos obligatorios aumenta.

Mis inquietudes giraban en torno al miedo a perderme en el campo (absurdo, móvil, gps, recorrido perfectamente señalizado, por cierto, muy bien la organización en todos los aspectos), al miedo a no llegar y quedarme en mitad del campo (absurdo, pero posible, no es una carrera circular, hay que llegar de un punto A, a un punto B y si te quedas en medio, búscate la vida, por tanto, no era una opción realista), miedo a no poder con tantos metros de desnivel, miedo a pisar mal y hacerme daño, miedo a ser el último… todo ello se traduce en nervios que estuve arrastrando toda la semana.

Al no ser una carrera con recorrido circular, había contratado con la inscripción la opción de autocar desde la meta de El Pardo a Plaza Castilla y durante la semana dudaba si llegar con el coche hasta la salida y al terminar la carrera, desde Plaza Castilla subir a Alcobendas en transporte público o, en previsión de cansancio, lluvia, incomodidad en general, opté por madrugar, dejar el coche en el aparcamiento público del intercambiador de Plaza de Castilla y coger la línea 10 de metro hasta la estación de Manuel de Falla.

Llegué al aparcamiento pronto, sobre las 9:00, contando con que la salida era a las 11:00, coger el metro que pasaría por Plaza de Castilla a las 9:14 me dejaría en Alcobendas 25 minutos después, tiempo suficiente para llegar al ropero y estar tranquilo… pues no, basta que lo tengas todo planificado para tener que ir corriendo de un lado a otro y no fue solo al comienzo de la carrera, también al final.

Que sí me llevo gorra, que si me llevo dos o tres geles (total, luego no los tomo, se me están caducando), que si me llevo esto, lo otro… vamos, como si me fuese de vacaciones, el caso es que cuando me quiero dar cuenta son las 9:10, a medio vestir y preparar y me toca “empezar a calentar” acelerando el paso para llegar al metro a tiempo, por suerte cojo el que tenía previsto entrando por los pelos.

En el vagón sigo apañando la bolsa con las cosas que usaré y las que no, organizando el chaleco de hidratación, un par de bolsas de plástico para guardar desperdicios, el vaso plegable que facilitaba la organización junto con el dorsal, el chubasquero doblado en el hueco de la espalda y dos corredoras suizas que me preguntan cosas en un perfecto inglés (supongo, que soy nulo en inglés) y más o menos nos apañamos para entendernos, querían saber si iban para la salida, si la dirección del metro era correcta, si había que cambiar de convoy, etc… el caso es que ellas dos y otra corredora que si chapurreaba castellano, fueron compañeras de viaje hasta el Polideportivo Valdelasfuentes, eso sí, a esta última no le perdono lo de “tú corres para beber mucha cerveza y me señalaba la tripa”, nos echamos unas risas, le dije que de beber nada, que mejor comer.

En fin, la verdad es que es una carrera con multitud de nacionalidades, las corredoras suizas me preguntaban si había corrido o iba a correr la misma prueba en Oslo, ganas me dieron de responder “si pagáis el viaje y estancia, me apunto”.

Desde la parada de metro de Manuel de Falla hasta la salida, situada en el Polideportivo Valdelasfuentes, apenas 200 mts, el tiempo es más desapacible que en Madrid, el cielo algo más cubierto, pero no arranca a llover, de hecho, no cayó una sola gota al menos el tiempo que yo estuve en carrera, supongo que a los corredores de distancias mayores la lluvia de por la tarde si les pilló.

El ropero no se abría hasta las 10, habíamos llegado con tiempo así que en el interior de las instalaciones empezamos a congregarnos corredores, estuve charlando un rato con un corredor que se había decidido por la marcha nórdica y nos contábamos lo habitual de correr casi lo que sea cada fin de semana.

Una vez se abrió el ropero, dejé la mochila que debía viajar hasta El Pardo antes que yo, dejé dentro todo lo que no iba a ser preciso y ropa limpia… la gorra se quedó en la mochila y hasta cinco minutos antes de salir estuve tentado de volver a por ella, a partir del kilómetro 12 me arrepentí de no haberlo hecho.

Control de material obligatorio por parte de jueces de la federación de atletismos, chubasquero y vaso plegable, como decía antes, facilitado por la organización y pese a ser un poco aparatoso y llevar mochila de hidratación, muy útil en el avituallamiento, la idea era no dejar ni un solo desperdicio por el camino, cosa que me parece básica para entrar al campo a lo que sea, de paseo, a competir, a lo que sea, es más, en carreras en ciudad particularmente no suelo tirar la botella al borde de la calzada en avituallamientos intermedios, como suelo guardar algo de agua para la segunda parte de las carreras, o la tiro a una papelera que me pille a mano o en muchas fotos y videos de meta llego con un bulto en el bolsillo y no es por que me alegre de llegar a meta, es la botella que conservo hasta poder tirarla en un contenedor en meta.

Unos 10 o 12ºC algunos locos como yo de corto, la inmensa mayoría con chubasquero o cortavientos, cuellos altos… nervios, trotes para calentar, conocer a Sara, contacto de Instagram y escuchar las últimas instrucciones por parte de personal de la organización previas a la salida.

En esta carrera, poco puedo decir a nivel de tratar de describir los puntos singulares y lugares por los que iba pasando y las sensaciones, exceptuando el primer kilómetro desde el Polideportivo, por la Calle de Carlos Muñoz Ruíz y la Avenida de Pablo Iglesias y, los metros finales en El Pardo, el resto del recorrido transcurría fuera de la civilización.

En ese primer kilómetro muchísimos nos mirábamos y nos asombrábamos con un corredor descalcista que ni siquiera usaba calzado minimalista, alucinante, si yo con un grano de arena en la zapatilla ya me vuelvo loco y se me hacen ampollas, esta gente tiene que tener las plantas de los pies con una banda de rodadura como la de los neumáticos.

El primer kilómetro como digo, por casco urbano pero claramente encaminado a sacarnos del núcleo urbano lo más rápidamente posible y hasta el kilómetro 4, todo subida más o menos continua, un desnivel de unos 55 mts en los que ya hay corredores que empiezan a dejase caer y caminar pequeños trechos, yo de momento iba aguantando bien y con un ritmo más o menos de 6:00 min/km y poco antes del cuarto kilómetro una V perfecta, unos 250 mts con 25 mts de bajada e inmediatamente al contrario, 250 mts con 25 mts de subida, la primera vez que tuve que echar el freno y andar un poco.

Sara me alcanza poco antes de llegar al kilómetro 4,50 y me pregunta cuanto llevamos, no estaba segura si estaba midiendo bien, le confirmo distancia y pasamos por una pasarela elevada sobre la M-616, nos acompañamos unos metros pero poco a poco se escapa y es que corre que se las pela, juventud divino tesoro y entrenamiento en el Club Corredores.

El tramo del kilómetro 5 al 8 es claramente descendente y se pasa relativamente bien, aunque ya voy con la cabeza puesta en aguantar, por lo que el ritmo está sobre los 6:30 min/km, disfrutando del paisaje, caminos entre pinares, rebasando y siendo rebasado por corredores.

En el kilómetro 8 tiro del primer y único gel energético, aunque mi plan inicial era tomarlos en los kilómetros 7 y 14, rebusco en el chaleco una de las bolsas de plástico para guardar el envase vacío y unos cuantos pañuelos de papel que ya no dan más de sí… no habré gastado tantos pañuelos de papel en otra carrera, sobre todo en la segunda mitad.

Del kilómetro 8 al 10,30 (zona de avituallamiento) toca subir de nuevo de manera progresiva, pasando junto a instalaciones de mantenimiento del Canal de Isabel II, algo de civilización que conlleva papeleras y contenedores dónde aprovecho para vaciar la bolsa. Llegamos al kilómetro 10 y toca subir otra pasarela esta vez más pronunciada, para atravesar la M-607 y al pie de la misma veo la carpa de avituallamiento y un grupo de corredores parados.

Al alcanzar la carpa paro el reloj, saco el vaso plegable y recibo un preciado trago de bebida isotónica que me sabe a gloria, a nuestra disposición fruta cortada, membrillo, barritas de cereales, onzas de chocolate, agua… me puede el lado goloso y decido que lo mejor para recuperar y seguir camino es el chocolate y como no todo va a ser gula, medio plátano. Andamos todos cogiendo aire, moviéndonos ligeramente para no quedarnos fríos y hablando poco; en el avituallamiento por un momento miro a la M-607, no estamos lejos de Las Tablas (Madrid) y durante un instante considero que “hasta ahí”, que para que sufrir en lo que queda, que es lo más duro y que si cojo el arcén, en 3 o 4 kilómetros me planto en Las Tablas, pero me recuerdo a mí mismo que hay medalla finisher y eso me motiva muchísimo.

Tras unos 6 minutos de parada en la zona de avituallamiento y de recuperar un poco el resuello, decido volver a arrancar, incluso antes que algunos otros corredores que ya estaban ahí cuando llegué, empiezo la segunda mitad del recorrido, miro el perfil en el dorsal, hasta el kilómetro 16 es un continuo sube y baja, 45 mts arriba y abajo pero de manera bastante tendida, sin embargo, es una zona de caminos entre campos de labranza sin vegetación ni árboles de cierto porte y en el kilómetro 12 el aire se me empieza a hacer muy incómodo y saco el chubasquero del hueco en la espalda de la mochila y me lo pongo directamente encima, pienso que ya me lo quitaré más adelante, solo para pasar esos kilómetros sin abrigo de vegetación, kilómetros que ya salen a 7:30 min y es que voy alternando tramos de trote con tramos de caminar rápido, empiezo a notar carga en la pierna izquierda, algunos calambres en cuádriceps por lo que a la menor molestia cambiaba el ritmo y empezaba a andar, aprovecho en esos instantes para sacar algunas fotografías mientras camino rápido, Madrid al fondo, muy al fondo.

No me preocupaba en absoluto, el trail “es otro rollo” o “no está mal visto andar en un trail”, pero los que íbamos, íbamos igual, cuando uno corría, el otro andaba, de manera que nos pasábamos y repasábamos y, en cierto modo, es una forma de llevar un ritmo, lo que uno gana por lo que otro pierde, pero siempre con referencias constantes en algunos corredores.

Otra cosa es cuando de repente llegaba algún corredor desde atrás y te pega una pasada a toda velocidad, en la mayoría de los casos llegaba a vislumbrar el dorsal y veía que era de otro color, corredores de las distancias potentes, gente que está acostumbrada a esto, así que “no era mi guerra”.

En el kilómetro 16 volvemos a conseguir algo de abrigo de pinares y vegetación, dudo si quitarme el chubasquero, me da calor, me toco la espalda y la llevo empapada, si me quito el chubasquero, el sudor con el aire me van a generar un constipado de aúpa, así que decido que sigo con el chubasquero hasta el final y me arrepiento de no haberme quitado la mochila de hidratación cuando me lo puse, ponerme el chaleco y la mochila encima, pensando que solo serían un ratito… voy incómodo con la mochila por debajo, pero empiezan dos kilómetros de bajada, unos 78 mts de desnivel descendente y hago cálculos, en poco tiempo estaré a poco más de tres kilómetros de meta, está hecho, aguanta con el puñetero chaleco sobre la mochila.

La bajada es muy pronunciada, yo no domino este tipo de terreno ni la técnica, me preocupan las rodillas y sobre todo los tobillos, los mismos que hace cuatro años cuando empecé a correr, eran una auténtica penuria, así que toca trotar dónde se puede y bajar andando rápido dónde se debe.

Miro varias veces el perfil en la parte inferior del dorsal, madre mía, si queda lo peor, kilómetro 18 a 18,50, 45 metros de subida 9:46 min/km, evidentemente, andando, pensando en lo que muchas veces he leído sobre como subir pendientes importantes si no tienes bastones, apoyando manos en la parte baja del muslo, kilómetro 18,50 a 19, 30 metros de bajada, terreno técnico, suelto, escorrentías, raíces de árboles, kilómetro 19 a 20, pequeño llaneo, unos 300 mts y de nuevo, 40 mts de bajada, 10:00 min/km, no digo nada… como sería para bajar más despacio de lo que subí.

En el kilómetro 20,50 bajamos entre pinares paralelos a la Carretera de El Pardo a Colmenar, ligeramente por encima del nivel de la vía y bajando para llegar al kilómetro 21,50 dónde una voluntaria me indica hacía donde ir, no la escucho bien, me quito los auriculares, por cierto, toda la carrera escuchando el mítico concierto de Queen de 1986 en el Wembley Arena y entonces entiendo sus indicaciones, que entre al parque, allí está la meta.

Efectivamente, unos pocos metros en el Parque de la Guardia y veo la línea de meta, estoy reventado, exhausto, 21,69 kms, paro el reloj en 2:38:02 y casi no oigo a los voluntarios, unos me indican que me desvíe pues me estoy metiendo en el recorrido de los corredores de distancias mayores, otra me entrega la medalla y me felicita, me cuelgo la medalla con una satisfacción enorme y veo a Sara que debió llegar como media hora antes, está cambiada, descansada, nos felicitamos y flipamos con la dureza del recorrido, mientras ella espera turno de masaje de recuperación y por otro lado un voluntario “tira de mí” para que vaya a recoger mi mochila y la bolsa de avituallamiento.

Durante la parte final del recorrido me preocupaba la hora de llegada, teóricamente los autocares en dirección a Plaza de Castilla empezaban a salir a las 14:00 y así, de hora en hora, quería llegar antes de las 14:00 para no esperar hasta las 15:00 e iba viendo durante la carrera y haciendo números de cabeza, viendo cómo me caían minutos como losas y peligraba la salida a las 14:00, por suerte, llegué unos 10 minutos antes y el horario de autocares no fue estricto.

Estiré mínimamente, me dolía horrores la espalda, comí un poco, me puse ropa seca y me encaminé a la zona de espera del autocar dónde también estuve charlando un buen rato con la mujer encargada de verificar si estabas o no en la lista de viajeros y con Sara y un compañero suyo de club, otra máquina de correr que nos contaba que el domingo se enchufaba otro medio maratón en Toledo y tres maratones de aquí a final de año… gente de otra pasta y yo, presumiendo de que al día siguiente estaría en la salida de El Derbi de las Aficiones -iluso de mí- el domingo por la mañana me levanté a las 6:00, traté de trotar en el sitio en el baño y las piernas no respondieron, de vuelta a la cama y a descansar, consciente de que, pese a haber perdido una buena carrera, una prueba muy rápida, hice lo mejor, si llego a esforzarme por correr el domingo, seguramente ahora estaría lesionado y arrepintiéndome de haberme forzado.

Pero esta aventura no acaba aquí, en el autocar seguimos charlando sobre carreras y tal, hasta que el conductor puso la calefacción a toda máquina y el calor se me hacía insoportable, me tuve que concentrar mucho en no marearme, hasta tal punto que en cuanto llegamos a Plaza Castilla me bajé a toda velocidad, me despedí de Tomás y Sara sin darme cuenta de que me había dejado una de las mochilas, la que tenía la ropa sudada, menudo regalito dejé en el autocar y, me di cuenta cuando me subo al coche y hago recuento mental.

Venga, viajecito al Pardo a ver si llego al mismo tiempo que el autocar y de hecho, la Avenida de la Guardia en la que hacía parada es de un único sentido y para llegar a ella, tengo que dar una vuelta enorme, antes de dar esa vuelta, el autocar estaba, cuando llego, el autocar se acababa de marchar… le pregunto a la mujer con la que había estado chalando 45 minutos antes que se sorprende al verme y me confirma que la mochila sigue en el autocar, de camino a Plaza de Castilla, vuelta para abajo hasta que por fin llego a su altura en la zona dónde paraba y recupero mi mochila.

En fin, toda una experiencia, una carrera que era uno de mis hitos inconfesables para 2018 y que, pasados un par de días, tras saborearlo, tras ver en la clasificación que fui el 147 de 238, he pasado del “no vuelvo a meterme en un fregado como éste” al “a ver cuándo es el próximo”.

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