Corriendo en familia – XXI Legua de Tielmes por Aventuraspapirunner

El pasado sábado día 13 de julio, después de prácticamente dos meses entre unas cosas y otras sin ponerme un dorsal, volví a participar en una carrera. 

La elegida para el retorno fue la XXI Legua de Tielmes del Tajuña, dado que tiene ciertos componentes sentimentales que hacen que, al menos para mí, sea muy especial. En 2017 participó mi hijo como chupetín, logrando una de sus primeras medallas, si no la primera. En 2018, teniéndola muy presente entre ceja y ceja, no pude acudir por el nacimiento prematuro de mi hija. Así que en este 2019, salvo por motivo de fuerza mayor, la marqué en rojo intenso en mi calendario.

Además posee prácticamente todas las características que me gustan de una prueba de este tipo:

–       Carrera «pequeña», sin grandes aglomeraciones que algunas veces consiguen agobiarme.

–       Paraje natural para correr, mezcla de asfalto y arena, no muy exigente, asequible por la distancia, por el entorno del camino de Uclés.

–       Buen trato al corredor, con la posibilidad de recoger el dorsal el mismo día de la prueba. Precio bastante económico.

–       Voluntarios agradables y comprometidos.

–       Posibilidad de carreras de menores y otras categorías.

–       Sábado por la tarde, no hay necesidad de madrugar el domingo y se puede descansar.

–       Buena bolsa del corredor así como diversos premios y sorteos al finalizar.

–        Baño, para todo el corredor que lo desee, en la piscina municipal.

Viendo todo esto, la pregunta es: «¿qué más se puede pedir?».

Así que este año decidimos realizar un plan familiar consistente en pasar la tarde en dicha piscina a remojo, combatiendo los estragos del calor y, a última hora de la tarde, carrerita, que ya añoraba yo eso de mezclarme con corredores. Más que un plan, un planazo.

Después de estar más tiempo en agua que los garbanzo en víspera de cocido, me acerqué a recoger el dorsal. Yo ya estaba previamente inscrito, así que el papelito y camiseta en mano, me dirigí a las mesas para inscribir a mis dos hijos. Ya era sólo cuestión de esperar.

Tras los benjamines, alevines y otras categorías llegó el turno de Gonzalo. El recorrido consistía en 250 metros. Nos colocamos en la línea de salida y, a la señal indicada, corrimos lo más rápido que pudimos. Es cierto que habían mezclado niños de diversas edades, así que los más mayores partieron como centellas y la posibilidad de trofeo se esfumó al primer instante. Llegados a cierto punto un juez me avisó que debía apartarme al ser competitiva, pero no le perdí de ojo por si se me extraviaba y para que estuviera tranquilo. En la bolsa de después, zumo, sándwich, chuches, productos varios y…. ¡medallita! Una tontería, lo sé, pero siempre ilusiona.

Sin apenas tiempo de recuperación, de nuevo vuelta a la línea de salida. Era el turno de Alma, que participaba en su carrito mientras mi mujer empujaba (no recuerdo haberla visto en otra). Las deseamos suerte y Gonzalo y yo nos dispusimos a la mitad del trayecto para inmortalizar el momento y, tras su paso, corrimos detrás de ellas hasta alcanzar la meta. Otra medallita para Alma, la primera, ojalá de muchas.

Ahora, ya sí que sí, no había vuelta atrás. Ahí estaban las mariposas en el estómago que tanto echaba de menos, el repaso mental a lo que llevo y siempre con la sensación de que se me olvida algo. Sin embargo, curiosamente, desaparecieron cuando de la nada surgió Ángel (@elcapirunner), siempre es un placer charlar con él, para saludarme y comenzamos a hablar. Nada había cambiado. Esto me gusta tanto como antes.

Me dispuse en la línea de salida, anónimamente, entre corredores que hablan, ríen, se animan mutuamente. Yo guardo silencio, visualizo la carrera. Y, de repente, un minuto de silencio. Un aplauso, una señal, una salida.

Los primeros metros son raros. No se me ha olvidado correr (tengo la nula técnica de antes), creo que puedo adelantar a muchos que van a ir más despacio que yo pero, en mi mente, los dos meses pesan mucho. ¿Qué ocurrirá si fuerzo y lo pago al final? De pronto, por mi derecha, me adelanta sin apenas darme tiempo a verle Ángel, que me espeta un: «¡Ánimo, crack!» que me ayuda a motivarme. Decido ir por sensaciones y que sea lo que Dios quiera.

Tras cruzar un puente torcemos al llegar a la altura de la Ermita de San Isidro ligeramente a la derecha y el asfalto se transforma en arena en la Caz de la Marañosa. No sé si será por el calor, por la sequedad del ambiente, de repente parece que trague algodón. El polvo inunda el ambiente. El primer pitido indica el primer kilómetro, que coincide bastante con la marca del suelo. 4:21. Me asusto. No he podido aguantar ese ritmo, ni en mis mejores sueños.

Algunos corredores me adelantan, yo me voy pautando objetivos pausibles: alcanzar a un corredor, seguirle, adelantarle si es posible. Poco a poco vamos regresando al pueblo por la Calle de las Peñuelas para retornar a él por la Calle del Cercado atravesando el Puente del Río. Ya llevamos más de la mitad de la carrera, unos 3,5 km y diviso a corredores que ya afrontan la parte final. De momento me mantengo es unos tiempos que, visto lo visto después de dos meses, no están nada mal (4:38 km 2 y km 3).

Giramos por el tanatorio y recorremos la Calle del Molino de Caz para luego de nuevo girar, cruzar por la piscina (ahí es la zona donde más gente se acumula y el speaker anima a los afortunados que ya cruzan la meta). También es ahí donde se ofrece el avituallamiento que rechazo, faltan dos kilómetros y no lo considero necesario (km4 a 4:40). 

Ahora proseguimos por la otra mitad de la misma calle del Molino, habrá que girar de nuevo en torno al kilómetro 5 (4:41) y regresar a la salida, ahora transformada en meta. En el último giro el locutor me nombra (reconozco que mi ego crece un poco) e intento divisar a mi familia, pero no lo consigo. Tampoco voy a poder mejorar la marca de un par años atrás, cifrada en unos 27:11, y me tengo que conformar con 27:21 (último kilómetro a 4:26) que, sinceramente, me saben a gloria.

Después de recoger la bolsa y el avituallamiento (tan bueno como el de los peques, aunque me parece que sin chuches) busco a mi mujer y a mis hijos. Valoro la posibilidad de darme el baño permitido en la piscina, pero se ha levantado una brisa que hace que se esté de fábula en el parque de al lado pero no estoy tan seguro que al salir no me quede destemplado. Además, mi hijo está encantado jugando en el parque, así que me limito a ponerme ropa seca mientras le dejamos un rato más, sabiendo que nunca le será suficiente.

En el coche, antes de que caigan rendidos, charlamos sobre lo bien que lo hemos pasado, lo bien que han corrido y si el año que viene repetiremos. 

Por todas estas cosas, esta carrera es una de mis favoritas.

Aventuras y desventuras de un papi runner –  https://aventuraspapirunner.wordpress.com/

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